Dejar un trabajo estable suele contarse como un acto de valentía, pero casi nadie habla de la culpa que viene después. Yo la sentí, y todavía la siento a veces. No me fui de un lugar que me pesaba: me fui de un trabajo que me había costado conseguir y que me gustaba. En esta entrada te cuento por qué lo dejé, cómo viví esa culpa y qué hago con ella hoy. Si estás pensando en dar un paso así y algo por dentro te frena, quizás mi experiencia te acompañe.

La culpa de dejar un trabajo estable que me gustaba
Dejar un trabajo estable que me gustaba es muy distinto a irse de uno que te agobia. No me fui porque estuviera incómoda ni porque el trabajo me pesara. Por eso la culpa tuvo tanto peso: no hablaba de un lugar del que quería escapar, sino de uno que valoraba.
Era un trabajo que, en su momento, me costó conseguir. Cuando algo te costó tanto, soltarlo se parece más a una pérdida que a una decisión. Es normal que cueste, y sentirlo no es una señal de que estés eligiendo mal. Lo que valoraste no deja de valer porque decidas seguir otro camino.
Además, lo había elegido pensando que sería definitivo. Me imaginaba jubilándome ahí. Cambiar ese plan no era solo cambiar de empleo: era cambiar la idea que tenía de mi propio futuro, y eso se siente en el cuerpo.
Si estás en ese punto, no tenés que justificar tu culpa ni apurarte a hacerla desaparecer. Sentirla no significa que te estés equivocando: significa que lo que dejás tuvo valor para vos. Si querés ver cómo me sentía justo antes de renunciar, lo conté en Dejar un trabajo de 15 años.
Por qué dejar un trabajo estable: horas extras y una oportunidad
Dejar un trabajo estable no fue por falta de cariño hacia el mío. Fue, sobre todo, por una cuenta que no cerraba: con el sueldo que tenía, necesitaba hacer muchas horas extras para ganar un poco más y poder vivir dignamente.
Trabajar cada vez más para vivir con dignidad es una situación difícil de sostener. Las horas extras eran mi forma de llegar, pero eso también quería decir que mi tiempo se iba en compensar un sueldo que no alcanzaba.
A eso se sumó algo que no esperaba: se me presentó la oportunidad de trabajar, por primera vez en mi vida, para mí. Apareció, y tuve que decidir si la tomaba. Es una de esas decisiones que no se comparan con ninguna otra.
Fueron los dos motivos juntos los que me hicieron decidir: el sueldo y la oportunidad. Ninguno de los dos, por separado, tenía el mismo peso que juntos. Si estás pensando en lo mismo, mirá si tus razones también son concretas. Tener claro el porqué ayuda cuando la duda aparece.
Dejar un trabajo estable en silencio: lo supo solo mi familia
Cuando decidí dejar un trabajo estable, no se lo conté a casi nadie. En su momento, solo mi familia lo supo. Lo demás lo transité sin contárselo a nadie más.
Cada persona decide cuándo y a quién contarle un cambio así. No hay una forma correcta. En mi caso fue un círculo muy chico, y esa también es una manera válida de hacerlo. Contarlo o no contarlo no cambia el valor de tu decisión; lo que cambia es cuánto ruido externo tenés que atravesar mientras la sostenés.
Si estás en ese momento, no sientas que le debés explicaciones a todo el mundo. Un cambio grande se puede procesar en privado y compartirlo cuando te sientas lista. Eso sí: ayuda tener al menos a alguien de confianza que sepa lo que estás pasando.
Mirando hacia atrás, entiendo que no hace falta la aprobación de nadie para dar un paso así. Hace falta estar convencida de tus razones, y las mías las tenía claras: el sueldo y la oportunidad.
Cómo convivo con la culpa de dejar un trabajo estable
Lo que me decía
Para convivir con la culpa de dejar un trabajo estable, lo primero que hice fue hablar conmigo. Me decía que, si ponía esfuerzo en el desafío que se me estaba presentando, seguro todo iba a ir bien.
No era una certeza: era una apuesta. Pero esa frase me ayudó a dar el paso. A veces lo que necesitás no es una garantía, sino una razón para empezar. Y esa razón no tiene que ser perfecta: alcanza con que sea tuya.
Cuando la culpa vuelve
La culpa no desapareció del todo. Todavía aparece a veces, sobre todo en los días en que tengo que doblar mis esfuerzos para lograr mis metas.
Y todo pasa cuando veo que mi esfuerzo es para mi propio proyecto. Aprendí que la culpa y la convicción pueden convivir, y que no hace falta que una apague a la otra para seguir adelante. Esa diferencia lo cambia todo: antes hacía horas extras para ganar un poco más; hoy cada hora de más va a algo que es mío. Si querés ver cómo me organizo, te lo conté en Cómo ser tu propia jefa.
Lo que le diría a quien duda antes de dejar un trabajo estable
Si hoy estás pensando en dejar un trabajo estable, no te voy a decir que lo hagas ni que no. Cada situación es distinta. Lo que sí puedo contarte es lo que me sirvió a mí, por si te sirve a vos.
Podés querer mucho lo que dejás y, aun así, elegir otra cosa. No hay una única forma de vivir un cambio así, y tampoco un tiempo correcto para dejar de sentir culpa. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, y no se cancelan. Sentirte agradecida y sentirte lista para irte no se contradicen.
Pensá en tus razones y escribilas, sean las que sean. Tener motivos claros ayuda cuando la culpa aparece y te hace dudar. Y si además sentís miedo, te hablé de eso en El miedo a emprender después de los 40.
Estas son las ideas que más me ayudaron:
- Sentir culpa no significa equivocarte. Muchas veces solo muestra cuánto valor tenía lo que dejás.
- No necesitás que el trabajo te pese para irte. Podés dejar algo que te gusta y aun así elegir otro camino.
- Escribí tus razones. Cuando la duda aparezca, vas a recordar por qué lo hiciste.
- Contáselo a quien quieras, cuando quieras. No le debés explicaciones a todo el mundo.
- Recordá para quién es tu esfuerzo. Si ahora es para tu propio proyecto, el sentido ya cambió.
Dejar un trabajo estable no se hace sin sentir nada, y está bien que sea así. Si hoy te acompaña la culpa, no la tomes como una señal de que te equivocaste. Contame en los comentarios si alguna vez sentiste algo parecido con un cambio importante. Te leo.
Si sentís que es tu momento de cambiar tu realidad, preparé algo para vos: una guía gratis con 10 preguntas para descubrirlo.